He vuelto, he dicho, escucha bien he vuelto, pensé que volviendo todo estaría bien, pero quien dijo que antes estaba bien, ese estar bien es momentáneo, corto, hasta indeleble. Al estar allá quería regresar, por mi, por ellos, por el espacio, por vos, pero ahora que estoy acá no sé, pero tampoco quiero regresar.Siempre he querido una lejanía, he tenido muchas, pero no la que he querido tener, ahora estoy de regreso, mis letras están de nuevo, y me he dado cuenta que cuando escribo algo no anda bien, la nostalgia y el desasosiego se apoderan de mi, escribir me libera, me hace volar, escribir me describe, pero escribo cuando mis ojos caen de lo cansados, escribo cuando las lágrimas quieren salir, pero son retenidas por tanta tensión, escribo cuando no sé que es lo que quiero, escribo cuando el control de esfuma con el viento, escribo y escribo, ahora me doy cuenta que la tristeza y la desilusión son mi gran inspiración.
Entonces no me gusta escribir, no me gusta plasmar mis ideas, no me gustan las letras, no me volar en las hojas, no me gusta imaginar, pensar, no me gusta juntar consonantes con vocales, no me gusta enredarme en este mundo de luces y de sombras, de amor y dolor, de vida y muerte.
Escribir en enero y luego en julio es buen indicio, pero de repente agosto se vuelve tan intenso que los relatos y los cuentos no te dejan respirar, al llegar septiembre la época del “amor”, todo se desmorona, las canciones nostálgicas y las palabras se convierten en sangre, y los pergaminos se desgastan de tanto usarlos, la temporada decembrina se acerca y es una catástrofe completa, la soledad se apodera de todo, y mi piel quiere desarraigarse de sí misma, y las hojas no son suficientes para todo lo que tengo que expresar.
Odio escribir por que sé por qué escribo, pero lo adoro a la vez por que se me hace tan mío, tan fácil, tan esencial, tan odioso.
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